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Tenía que contar cómo sería mi cita perfecta con Alicia Keys. La mejor idea recibía una dotación de por vida de un desodorante para hombres, un fin de semana en Nueva York y una cita con ella. No pensé de inmediato en participar, pero tenía problemas para dormir. Había perdido a mi familia por el incidente. El doctor Ampuero me recomendó dormir doce horas al día. ¿Qué va a pasar conmigo si se repite?, le pregunté. Mis padres me desconocían. Mis hermanos se negaban a visitarme. Los pocos amigos que tenía se esfumaron incluso antes de que decidiera internarme. No tenía un solo seguidor en Twitter. El doctor me propuso llevar un diario. ¿Tan sencillo? ¿Así dormiré mejor? No será tan sencillo, dijo Ampuero. Tenía razón. No se me ocurría nada que poner. Lo importante es que escribas, dijo. ¿Puedo escribir lo que sea? Lo que sea está perfecto, me contestó. ¿Puedo escribir una carta? Sí, está bien, escriba una carta, dijo. Entonces escribí una carta en la que describía cómo sería mi cita perfecta con Alicia Keys y se la entregué a una de las enfermeras. Le rogué que la enviara. Obviamente lo hizo, porque pasado un tiempo recibí una llamada para notificarme que era el ganador del premio.

Tres semanas después estaba en Nueva York, en un lujoso hotel con vista a un gran parque. Daría más detalles sobre el hotel o el parque, pero la alcaldía de la ciudad me ha pedido no dar detalles sobre mi estancia. Estaba en la terraza del cuarto, con una bata de baño blanca con la insignia del hotel. Me sentaba muy bien en esa bata. Me sentía como el rey de Manhattan. Abrí la bandeja del desayuno y en su interior descubrí un suculento platón de huevos revueltos, salchichas italianas, hot cakes, tocino recién frito, papas hash brown, ensalada rusa, melón, piña, jamón ahumado y un par de bollos humeantes, acompañados de jugo de naranja y café. Todo estaba delicioso. Comí sin prisas, manchándome la boca y la bata con miel de maple que vertí sobre todo el plato.

Por ordenes médicas tenía que alimentarme bien. Antes de tomar el vuelo, discutí con el doctor Ampuero todos los detalles, restricciones y cuidados que tenía que tener durante el viaje. René, no le puedo impedir que tome ese avión porque es un paciente voluntario. Puede irse cuando quiera. Pero si en algo respeta mi opinión profesional, se quedará usted aquí, donde todos estamos más seguros. Yo tenía ya la maleta empacada. Por causa del incidente no podía volver a mi departamento por más ropa, pero tenía ya lo preciso para el viaje. Tenía el boleto de avión, pasaporte, y una nota escrita por Alicia Keys en la que decía que anhelaba conocerme.

Despachado el desayuno, me eché a ver televisión en la cama. Había 689 canales para escoger. Eran demasiados. Tantas opciones me ponían nervioso. Pensé en tomar el teléfono y llamar al doctor Ampuero. Las situaciones de tensión podían provocar un nuevo episodio. Antes de firmar mi salida me obligó a memorizar el número de su oficina y el de su móvil. Prométame que me llamará si necesita mi ayuda, me dijo. Se lo prometí, que más iba a hacer. Tenía ya el teléfono en la mano cuando llamaron a la puerta. Era un hombre flaco que dijo llamarse Spooky. Este es el traje para su cita, me dijo. Tenemos que hacerle algunos ajustes. Era un traje estupendo. Cuando terminó me llevó frente al espejo. No me reconocía. Me veía muy bien, quiero decir, me veía normal. Hacía mucho tiempo que no me veía normal. Spooky dijo estar muy satisfecho con su trabajo. Nos abrazamos. Me voy, me dijo Spooky, te irá fenomenal. Nos volvimos a abrazar.

En el lobby me aguardaban el chofer y un fotógrafo. Spooky se ha lucido esta vez, me dijo mientras disparaba el flash de su cámara. Las luces intensas son malas, aumentan la posibilidad de otro incidente. Me aturdían. Para cuando pude reaccionar ya estábamos dentro de la limosina. Flash. Flash. Me cubrí la cara con las manos. Hay un bar en el compartimento delantero, si quieres prepararte algo, dijo el chofer. Hay algo de tráfico. Claro que había tráfico. Estaba en Nueva York y era un viernes por la tarde. Desde las ventanas polarizadas de la limo podía ver a los demás automovilistas en sus burbujas, la pareja de la suburban negra esperando llegar a casa, la joven que se polveaba la nariz para encantar con su amante, las motonetas rojas de los repartidores de pizza, el subaru verde que sacaba humo negro por el escape. ¿Qué tal algo de música?, pregunté. El conductor puso "Fallin'". Me pareció muy apropiado.

Media hora después nos detuvimos frente a un rascacielos. ¿Este es el restaurante? El restaurante está en el piso 65, me contestó el chofer, que ya bajaba para abrir mi puerta. En la entrada había un portero uniformado y una docena de fotógrafos. No miraban hacia mí, sino a Alicia Keys. Estaba frente a las puertas revolventes del rascacielos saludando como princesa. No olvidaré nunca es primer momento. El corazón me latía fuertísimo. Sentí que me desmayaba.

Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en un elevador. Me sentía un poco confundido. Miré a mi alrededor para verificar que no se había desatado otro incidente. Alicia Keys, de carne y hueso, estaba parada junto a mí. Este es Otis, es lo primero que me dijo Alicia. Otis era un negro enorme con un traje a rayas. Nos va a acompañar esta noche, fue lo segundo que me dijo. Otis inclinó la cabeza. Las puertas del ascensor se abrieron y Alicia me tomó del brazo. Era la primera vez que me tocaba. El restaurante era un lugar fabuloso, con peceras gigantes en vez de separaciones y una vista inigualable de la ciudad. No puedo dar más detalles acerca del restaurante. Firmé un documento. Lo siento. Hubo más fotografías. Más flashes. Sonreí cuando Otis me dijo que sonriera. Me senté donde Otis me dijo que me sentara. Finalmente los fotógrafos se fueron. René es un bonito nombre, dijo Alicia. Gracias, contesté. Un mesero se acercó y nos sirvió vino tinto. El vino tinto aumentaba la posibilidad de otro incidente. De todas formas brindamos. Nos sirvieron otra copa. Por Nueva York, dijo Otis. Por la música, dijo Alicia. Por una velada tranquila, dije yo.

Sentí la primera señal de que se aproximaba un nuevo incidente. Mis manos se helaron. Pensé en el doctor Ampuero. Pensé en Alicia Keys sentada junto a mí, riendo de un chiste que acababa de contarnos Otis. Apreté las manos. ¿Estás bien, cariño?, preguntó Alicia. Sí, excelente. Estoy muy contento de estar aquí, dije. Te ves un poco pálido, dijo Otis. Debe tener hambre, dijo Alicia, y puso una mano sobre mi hombro. Tengo mucha hambre, dije. Otis le hizo una seña al capitán de meseros. Se apresuraron para traernos la sopa. Tenía un color morado y nada saludable, pero estaba bien.

¿Dónde vives, cariño?, preguntó Alicia. En la Ciudad de México, contesté. ¿Vives sólo? No exactamente. ¿Hay alguien especial en tu vida?, preguntó Alicia. No había nadie especial en mi vida, no lo había desde hace mucho tiempo, desde antes del incidente. Ella se dio cuenta de que había tocado un tema sensible y trató de cambiar el rumbo de la conversación. Estoy grabando un nuevo disco, dijo. No le puedes contar esto a nadie, porque todavía no lo anunciamos al público. Sólo lo sabes tú, cariño. Supongo que el cambio de tema no pareció tranquilizarme, porque puso su mano sobre la mía.

Eso fue el detonador.

Sentí un bulto en los pantalones. Alicia no lo podía ver, pero no estaba seguro de que fuera el caso de los demás comensales. Me llevé ambas manos a la ingle para cubrirlo. ¿Todo está bien?, preguntó Alicia. El bulto crecía debajo de mis manos. No estoy muy seguro, contesté. Apreté las manos contra el bulto, pero había tomado ya una consistencia firme y no cedió terreno. Se ve pálido, dijo Otis. ¿Necesitas que llamemos a un doctor, hijo? Negué con la cabeza. Era demasiado tarde para llamar a Ampuero. Alicia se inclinó sobre la mesa para de ver lo que estaba pasando. ¡Oh, por Dios!, dijo. Hijo, quítate las manos de ahí o llamaré a un policía, dijo Otis. Pero no aguantaba más. La única forma de aliviar la presión era abrir la bragueta. Era una bragueta de lujo. Spooky la había presumido como uno de sus grandes triunfos en el diseño de pantalones para caballeros. Se deslizó sin problemas. ¡Santo cielo!, dijo Alicia. Del interior de mis pantalones salió con fuerza un chorro de humo blanco que voló el mantel de la mesa y se extendió por el piso. La mesa tembló. Los restos de las copas de tinto cayeron y se quebraron. ¿Qué diablos es eso?, gritó Otis. De las otras mesas nos miraban con curiosidad. Entonces, mientras se abría camino a otras mesas, el humo cambió de color. Había hebras de humo negras, blancas, rojas, naranjas, amarillas, verdes, azules, índigo y violetas. No había forma de controlar la expulsión, que se metió por debajo de la falda de Alicia. ¿Es tóxico?, preguntó. Otis trepó sobre su silla. La pareja de ancianos que comía junto a nosotros se levantó sin perder el aplomo. Karl, ¿la señorita no puede quedar embarazada por eso, verdad?, preguntó la anciana. El humo seguía escapando de mi pantalón en volutas color turquesa, gris, ámbar, añil, aguamarina, marrón, púrpura, magenta y zafiro.

Los clientes y empleados del restaurante corrían hacia las escaleras, perseguidos por el humo. Un mesero activó la alarma de incendio. El doctor Ampuero le hubiera explicado que era una muy mala idea. Con esto quiero aclarar que nada de lo que sucedió puede ser culpa al doctor, que es un buenazo. En cuanto el agua de los aspersores entró en contacto con el humo éste comenzó a ganar cuerpo hasta llegar a la consistencia del merengue. Otis gritó ¡Esto es una tragedia! e ¡Hijo, apunta esa cosa en otra dirección! El vestido de Alicia ya no era azul, había tomado tonos borgoña, cerúleo, malva, oro y salmón. Con la punta del dedo, tocó una mancha violeta eléctrico que tenía bajo una costilla y la probó. Sabe a turrón, dijo. El volumen del incidente seguía creciendo y no parecía que fuera a detenerse pronto. Tengo que quitarme los pantalones, dije. Eran unos pantalones estupendos y con un buen viaje a la tintorería podría conservarlos. A lo lejos se escuchaban gritos de pánico. El alud de colores había alcanzado a los que trataban de escapar por las escaleras. ¿Estarán bien?, preguntó Alicia. Seguro, dije, esta cosa es completamente inofensiva. Como demostración, arrojé los restos de mi sopa sobre la marisma de colores. El plato rebotó dos veces y luego se detuvo sobre una mancha plateada que se parecía al rostro de Johnny Cash. También es buena para el cabello, dije. Aproveché la distracción para quitarme los pantalones sin que me vieran, aunque los colores ya nos llegaban a la cintura. Los enrollé y me los puse bajo el brazo.

En sus acuarios, los peces se veían muy agitados. Avancé hacía el más cercano, para observar qué sucedía. Una grieta apareció de pronto en el vidrio y se comenzó a extender como las ramas de un árbol. ¡Todos abajo!, grité. El lugar más seguro era dentro de los colores. Tomé una buena bocanada de aire y me sumergí. Alicia hizo lo mismo. El acuario reventó sobre nosotros, pero los pedazos de vidrio rebotaron sin daño sobre la superficie. ¡Oh, no, los peces!, gritó Alicia cuando salió a respirar. Pero los peces nadaban entre los colores sin problema. Algunos brincaban contra otros acuarios para ayudar a sus vecinos a escapar de su prisión. El que sí necesitaba ayuda era Otis, que se había quedado sobre la mesa y tenía una fea cortada en un brazo. Alicia nadó hasta él. Tiene una buena brazada. Necesitamos un doctor, dijo. Otis se veía algo pálido. Tomé un poco de la plasta de color y la apliqué sobre la herida. Eso detendrá el sangrado, dije, pero lo mejor será que lo dejemos descansar. Lo llevamos hacia una esquina del restaurante y lo atamos con mi cinturón a la caja registradora, mientras el resto de los acuarios explotaba entre peces de colores.

Esta es la cita más extraña que he tenido, me dijo Alicia. Creo que no ha terminado, advertí. Se acercó y puso una mano frente a mis piernas. ¡Oh, Dios, no ha terminado de salir! El calor de la mano de Alicia hizo que la presión del chorro aumentara. Necesitamos un teléfono, dije. Tenemos que advertirles. ¿A quiénes?, preguntó. Señalé hacia los ventanales del edificio. A todos, contesté. El agua de las peceras estaba haciendo que la masa de colores ganara volumen. Nos llegaba hasta el pecho y pronto no resistiría más el peso. Aquí hay un teléfono, dijo. El auricular había tomado tonalidades fucsia y bronce. No daba línea. De todas formas era demasiado tarde. Los ventanales reventaron al unísono. Nadamos hacia la orilla y nos detuvimos en una columna para que la corriente no nos llevara. Miramos hacia abajo. Los colores iban más rápido que los pedazos de vidrio así que la cascada cayó, sesenta y cinco pisos abajo, sin dañar a nadie, sobre automóviles, motocicletas, transeúntes, una carreta de hot-dogs, dos kioskos de periódicos y un camión que transportaba, de acuerdo a la factura que me entregó la ciudad, 396 melones. Después de la primera avalancha los colores caían como nieve. Atardecía en Nueva York. Alicia y yo nos tomamos de la mano. A la distancia, las personas que corrían para escapar del algodón de colores parecían muñequitos de cartón. Un primer carro de bomberos trató de contener el avance colorido con más agua. Veíamos como los colores se extendían por las calles, hacia el gran parque donde estaba mi hotel, hacia el distrito financiero, hacia los grandes almacenes y los teatros, hacia la Zona Cero, hacia los museos y las plazas públicas, algunas calles pintadas de brillantes colores primarios, otras con colores tan mezclados que parecían cubiertas de chocolate. Escuchábamos los gritos de los policías que trataban de organizar la evacuación y las risas de los niños que jugaban a arrojarse bolas de todos los pantones posibles. Un helicóptero de noticias trató de acercarse a nosotros pero su motor se atascó con un contingente de nieve con tonos coral y se estrelló dulcemente contra la base del edificio.

Cariño, dijo Alicia, ¿qué va a pasar cuando todo esto llegué al mar? No lo sé, dije, será mejor detenerlo antes de que suceda. ¿Qué hacemos?, preguntó. Rápido, bésame. Giró hacia mí y me besó. Al principio nuestros labios apenas se tocaron, después se abrieron lentos, húmedos y llenos de todos los colores del arcoíris. Dejé que mi lengua buscara la suya. Sabía a merengue.

¿Funcionó?, preguntó Alicia.

Yo sonreí.

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René López Villamar

escritor y editor especializado en nuevas tecnologías.


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