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El mundo terminó, pero aún no nos hemos dado cuenta. Ese es el lema de Terminator 7, el más reciente bodrio de MySpace, la productora de Justin Timberlake, que se ha ido directo a holocintas, sin pasar por canal neural ni espectrovisión. Timberlake es un veterano de los remakes y los crossovers, con holos como Mi pobre angelito 13: perdidos en Tokyo y Hombre lobo ninja americano: el crepúsculo. Al ver esta cinta, no es difícil adivinar porque sigue en ese nicho.

¿Alguna vez se han preguntado por qué todavía llamamos cintas a las holocintas? Terminator 7 es una buena muestra. Los contenidos son tan planos que si te paras a noventa grados del proyector lo único que vez es una línea delgada, como la de un cuchillo monofilamento. De hecho, durante varios momentos del holo me encontré deseando que fuese en verdad un monofilamento, para poderme lanzarme hacia él y terminar mi agonía. Lo único que conseguí, por supuesto, fue tirar los jarrones Ming de imitación original de mi madre.

La cinta retoma justo donde la dejó la anterior y comienza de forma similar, en el Nueva York de los doble cero, que es como nuestros padres solían llamar al comienzo del siglo XXI. ¿Recuerdan esa época?. iPads, terroristas, Justin Bieber. La marihuana todavía era ilegal en la mayor parte del mundo, aunque nadie lo diría al ver los primeros planos del holo, en el que un yonki escondido en los túneles del metro son guillotinados por un desnudo T-850, recién llegado del futuro, para robarle sus ropas.

Quizá recuerden la magnífica actuación que tuvo Hugo Weaving en Terminator 6. Pero a consecuencia de la guerra de las franquicias, Timberlake no pudo utilizar la imagen de Weaving, así que se ha tenido que conformar con un retroclon de Martin Lawrence. Así es, amigos y amigas, todos los personajes de la cinta son actores generados por computadora, salvo por el protagonista. Ahora, si Timberlake no hubiera sigo tan tacaño con la inteligencia artificial, quizá habría salido algo honesto; así como quedaron las cosas, todos los modelos tienen solo tres expresiones: inexpresivo 1, inexpresivo 2 e inexpresivo 3.

Timberlake nos ha prometido el final de la saga, y en ese es el único sentido que no decepciona. En Terminator 6, Jeff Daniels interpretó al científico que ha creado la máquina que permite hacer viajes al pasado, que se ha dado cuenta que su invento no permite cambiar el pasado, sino fijar el futuro. Piénsenlo así: en el momento en el que Kyle Reese y el primer Terminator (el ex presidente Arnold Schwazenneger) viajan al pasado, se crea un círculo vicioso: dado que vienen de un futuro específico, es imposible que lo cambien, porque si lograran cambiarlo, nunca habrían viajado al pasado en primer lugar, lo cual provocaría que el futuro del que vienen se cumpliera, etcétera etcétera, per seculam seculorum, ad infintum. ¿Es algo confuso, no? Para evitar más dolores de cabeza, la cinta anterior ya dejó bien claro que la única forma de devolverle su libre albedrío a la humanidad es destruir la máquina del tiempo. Bueno, “No basta con destruirla, hay que borrarla de continuo espacio-tiempo por completo. Que nunca haya existido”, como explica Daniels en un flashback a la cinta anterior.

Así, el T-850/Martin Lawrence ubica rápidamente al nuevo líder de la resistencia, interpretado por David Dorfman, y tras salvarlo del ataque del Terminator de metal líquido (”Ven conmigo si quieres vivir”) en una persecución que los lleva por el centro de la Zona Cero donde se construye la Liberty Tower, viajan de nuevo al centro gubernamental secreto donde, la cinta pasada, Daniels perdió la vida tratando de destruir su máquina.

«Les dije que volvería, cabrones», grita el androide Lawrence, mientras se abre paso con un lanzallamas por el complejo militar.

«Pero si es la primera vez que estás aquí», le dice Dorfman.

«Nuevo modelo, mismo chip de memoria», replica el T-850.

Ya dentro del complejo militar, el Terminator y Dorfman se infiltran al último nivel, donde se encuentran con el científico que ha retomado la construcción de la máquina para viajar al pasado —un retroclon de Rutger Hauer. Hauer les explica que ha mejorado el diseño de Daniels. «Era ridículo que para viajar al pasado tuvieras que llegar desnudo», expone, así que ha metido la máquina del tiempo en un DeLorean. En ese momento, por supuesto, llega el T-1000 —el mismo retroclon de Martin Lawrence, pero vestido como policía— y se enfrascan en una lucha a muerte, que termina cuando Dorfman consigue meterlo en el asiento de copiloto del DeLorean, que el mismo conduce.

«Nunca saldrán de aquí», grita el T-850.

«No te preocupes», le dice el científico Hauer, «A donde van, no necesitan carreteras».

Es el mejor momento de la holocinta. El Delorean comienza a flotar. ¡Es un auto volador! Y en un destello de luz, Dorfman y el T-1000 salen volando hacia la estratósfera.

El T-1000, claro está, no se irá sin pelear, así que que el auto volador cambia rápidamente de rumbo, en picada, hacia Nueva York. Dorfman entiende o intuye que la explosión del dispositivo nuclear de la máquina del tiempo destruiría la ciudad, pero lo que es peor, la carcasa de titanio del DeLorean protegería a la misma máquina. ¡Eso significaría otra secuela! Así que en vez de tratar de cambiar la dirección, acelera al máximo y, al alcanzar 88 millas por hora, justo cuando están a punto de chocar contra la cima del Empire State, el DeLorean desaparece.

Las últimas tomas de la cinta son impresionantes. El androide de metal líquido y Dorfman avanzan hacia algo que parece el sol.

«Me han derretido, me han congelado, pero siempre regreso. El sol no hará nada para detenerme», dice el T-1000.

«Ese no es el sol», dice Dorfman.

Es el Big Bang, y están ahí para presenciar el comienzo del universo. «Está lleno de luz», dice el Terminator, antes de que todo se llene de luz blanca.

Saben, quizá no es una holocinta tan mala. Cuando veo estas cintas sobre el futuro pasado, pienso que no lo tenemos tan mal en el 2050. No tenemos androides de metal líquido ni automóviles voladores, pero al menos ya nadie tiene que meterse audífonos a los oídos. Nadie podía prever que la red neural lo revolucionaría todo. De hecho, ahora que lo pienso, ninguna de estas viejas holos de ciencia ficción le atinaron a una sola cosa sobre el futuro. No hay zombies, ni simios pensantes, ni lluvia ácida en el 2050. Fallaron en todo.

Me voy en shuttle a Marte la próxima semana, así que la próxima reseña Albus Potter 5, Ahora es personal, tendrá que esperar hasta dentro de quince días. Malditos costos del roaming interplanetario.

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René López Villamar

escritor y editor especializado en nuevas tecnologías.


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